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  • La escalera de caracol, de Mary R. Rinehart (1908)

    La escalera de caracol, de Mary R. Rinehart (1908)

    «Esta es la historia de cómo una solterona de mediana edad perdió la cabeza, abandonó sus bienes en la ciudad, alquiló una casa amueblada para pasar un verano en las afueras y se encontró envuelta en uno de esos crímenes misteriosos que mantienen a los periódicos y a las agencias de detectives felices y prósperos.»

    ‘La escalera de caracol’, página 11.

    Este es el arranque de La escalera de caracol, segunda novela por entregas de Rinehart que, por casualidades de la vida, se publicó como volumen independiente antes que su primera obra El hombre de la litera número 10. En ella, Rachel Innes narra en primera persona lo que le sucedió aquel verano de su vida que decidió aventurarse a pasar unos días en Sunnyside, una mansión en medio de la nada.

    Allí empiezan a ocurrir sucesos extraños, y lo que en un principio achacan a la presencia de un fantasma terminará con un cadáver a los pies de la escalera. El cuerpo es el de Arnold Armstrong, hijo del propietario de Sunnyside. ¿Qué hace en la mansión? ¿Quién querría matarle? ¿Están involucrados los sobrinos de la protagonista, que han viajado allí con ella?

    Elecciones narrativas de Rinehart

    Aún estamos en los albores de lo que Rinehart va a suponer para la novela de género, pero eso no implica que no nos encontremos ante una historia magnífica. Si tuviese que quedarme con dos aspectos primordiales serían, en primer lugar, la elección de una narradora amateur en investigación detectivesca. Toda una declaración de intenciones teniendo en cuenta que una mujer en aquellos tiempos venía a este mundo para ser esposa y madre. Estamos ante una mujer valiente, que no se queda paralizada ante el peligro, y que no tiene miedo a entrar en acción cuando es necesario. Tanto que, a pesar de todo lo ocurrido en Sunnyside, no abandona la mansión hasta dar con la resolución del caso; en parte debido a que se encuentran involucrados en el mismo personas que le son de gran cariño.

    «Estaba sorprendentemente serena. Recuerdo que me subí a la silla y pegué la oreja a la puerta.»

    «A pesar de que temblaba violentamente, yo estaba decidida a hacerles frente hasta que me llegara ayuda».

    ‘La escalera de caracol’, página 176.

    «Recuerdo que entonces me pregunté si aquella era realmente yo, y si realmente había conocido la vida antes de aquel verano».

    ‘La escalera de caracol’, página 228.
    Imagen de una noticia en un periódico con el titular "Chef Tries to Kill Novelist" sobre Mary Roberts Rinehart
    Lo que se encuentra una cuando busca imágenes de la autora

    Estructura de la novela.

    En segundo lugar, destacaría la destreza de la escritora a la hora de manejar el suspense. La obra tiene claras reminiscencias de la estructura gótica, con ese modo de contar y no contar al mismo tiempo que la caracteriza. La narradora sabe todo lo que ha pasado(narra desde un punto en el que toda la acción ha terminado), pero escoge la forma de dosificar la intriga para mantener al lector en vilo.

    «Era el cuerpo de un hombre, de un caballero vestido con levita y un chaleco blanco ahora manchado de sangre. Era el cuerpo de un hombre que yo no había visto jamás»

    ‘La escalera de caracol’, página 33 (fin del tercer capítulo).

    A partir del capítulo 19, momento en el que se recapitula sobre todo los sucedido, comienza a resolverse el misterio. Estamos más o menos a mitad del libro, y en este punto la protagonista y el policía a cargo del caso repasan lo ocurrido para aclarar las ideas. Incluso en algún párrafo realiza un resumen como el que sigue, para que el lector no se pierda:

    «Desde que llegué aquí ha habido un asesinato y una muerte causada por una impresión. En la casa han entrado intrusos y se han oído ruidos extraños. Si eso resulta gracioso, algo debe de andar mal con mi sentido del humor.»

    ‘La escalera de caracol’, página 152.

    Incluso en la página 157 encontramos una lista de todo lo que queda por resolver aún. Y las evidencias que se han encontrado hasta el momento.

    Imagen de Mary Roberts Rinehart leyendo en su casa, en un estudio con las paredes abarrotadas de libros.
    Mary Roberts Rinehart en su casa. Bien podría ser la protagonista de esta novela.

    Elementos clásicos de la novela de misterio.

    Un par de elementos nos dan pistas también de en qué momento dentro de la historia del género nos hallamos. Por un lado, el convencimiento de que la clase social de una persona es determinante para saber si nos encontramos ante un posible criminal o no. Es imposible que viniendo de buena familia, a priori, se pueda sospechar de nadie:

    «Ahí estaba yo, Rachel Innes, solterona, nieta del viejo John Innes, de los días de la Independencia, con un apellido ilustre en los tiempos de la Colonia, mezclada en un crimen vulgar y repugnante e incluso tratando de burlar a la ley. No cabía duda de que me había apartado del buen camino.»

    ‘La escalera de caracol’, página 53.

    Por otro, la creencia de que algunos elementos sobrenaturales pueden ser los causantes de los extraños sucesos que ocurren en la casa (aunque en su favor diré que toda la trama se resuelve con una explicación realista y apegada a este terreno astral).

    Las protagonistas de Rinehart

    Rachel Innes es la primera de una larga serie de narradores cortados por el mismo patrón. Innes es una mujer soltera, sin hijos, de cierta edad, un elemento fundamental a la hora de estructurar la trama. Estamos ante una mujer acostumbrada a que los sirvientes respeten a sus señores y los niños obedezcan a sus padres. Es ‘una anciana con una tendencia creciente a vivir en el pasado’. Es irreverente y mordaz, con unos valores anclados en otro tiempo, en una época en la que la pertenencia a una clase social marcaba tu destino.

    La escalera de caracol hay que empezar a leerla sabiendo en qué espacio temporal transcurre, y también en qué momento fue escrita. Rinehart comienza a dejar de lado las tramas en las que predominaba el romance para adentrarse en un hilo conductor propiamente de misterio. A pesar de que los prejuicios de clase seguían vigentes, acaba desmontándolos con las historias que construye. Una escritora primordial para comprender el cambio que se dio en aquellas décadas entre el folletín decimonónico y las novelas en las que el procedimiento policial pesa más que el melodrama.

    Título: La escalera de caracol.
    Autor: Mary Roberts Rinehart.
    Traductor: Carlos L. García-Aranda.
    Editorial: Alberto Santos (2011).
    Año de publicación: 1908.
    ISBN: 9788415238225.
    Número de páginas: 256.
    Precio: 16,50€.

  • El incendio, miniserie de Filmin (2020)

    El incendio, miniserie de Filmin (2020)

    Una pequeña aldea escocesa. Un grupo de niños preparándose para ver una carrera ciclista. Policías organizando las vallas para que no haya ningún percance. Todo el mundo se sonríe, todos parecen conocerse. Tras este fugaz paso de las bicicletas, una fiesta. Una hoguera, un baile, bebida. Hijos y padres disfrutando el día. Uno de los chicos se quema con el fuego, y una buena amiga le regala un globo para consolarle. Todos vuelven a casa, pero esa misma noche se produce El incendio.

    La casa de Tom (David Tennant), el médico del pueblo, está ardiendo. Su mejor amigo Steve (Matthew Mcnulty), sargento de la policía local, consigue adentrarse en la vivienda y sacar a Tom y a su mujer Kate, pero no a sus tres hijas. Consiguen reanimar a Tom, pero es el único superviviente. Hasta llegar a este punto ya nos han adelantado parte de la historia mediante fotogramas intercalados en la narración. Un accidente de coche, una autopsia con varios cuerpos, un edificio quemado.

    Un serie donde prima el silencio.

    Si podemos destacar El incendio por encima de cualquier otra cosa es por todo aquello que narra tan solo por medio de imágenes. Un gesto, un gemido, una duda. El paso del tiempo medido por el helio de un globo. El miedo en la mirada de una madre. Un secreto escondido en una sonrisa. El incendio es una serie de tempo lento a pesar de concentrarse en tan solo cuatro episodios. No tiene prisa, relata con calma. Se detiene en las imágenes, en todo aquello que quiere contarte sin la palabra.

    Cush Jumbo como Jess

    En esta serie, la directora Lynsey Miller trata de desmontar minuto a minuto la fachada de cualquier vida doméstica corriente. El lema que podría resumirla sería ‘no te fíes de las apariencias’. No creas que esa madre que pierde la paciencia y grita a sus hijos es tan mala con ellos. Duda de ese matrimonio perfecto que parece de revista. No confíes en cómo te muestran a esa suegra metomentodo. Y menos aún cuando todo esto sucede en un pueblo pequeño que suelen enrarecer y asfixiar el ambiente.

    Thriller psicológico.

    La clave de El incendio está obviamente en un juego de engaño en el que las sospechas saltarán de un personaje a otro. Pero podéis estar tranquilos: el final no es abierto y vuestra curiosidad será satisfecha con la explicación de todo. Parte del éxito de que esta maniobra funcione es la actuación de David Tennant (Doctor Who, Broadchurch), uno de los actores escoceses más potentes del momento actual. Reconozco ser muy fan suya, y cada vez que veo que participa en alguna serie me apetece verla tan solo por él. Compartirá protagonismo con Cush Jumbo en su papel de Jess, la mejor amiga de Kate. A través de su mirada se narrará gran parte del relato y será la primera que ponga el foco en aquello que resulta sospechoso.

    David Tennant como Tom

    Maternidades.

    A pesar de que es un elemento que no tiene relación con la intriga criminal, me gustaría recalcar la naturalidad con la que se introduce la maternidad. No acostumbra a ser algo abordado en las series criminales, y cuando aparece suele resultar impostado. Aquí, formando parte de la trama, se nos hablará en un segundo plano de la dureza de los tratamientos hormonales, de las fecundaciones in vitro, de los intentos continuados por conseguir un embarazo. También de la crudeza de traer al mundo a un niño con algún tipo de enfermedad, de maternidades compartidas por divorcios. Incluso se adentra en el universo de los más pequeños y cómo ellos sienten la pérdida de sus seres queridos, a veces a través del hermetismo por falta de herramientas comunicativas.

    Toda una secuencia de temas que no suponen el núcleo principal de la historia pero que enriquecen su complejidad. Y se agradece que aborde asuntos que más de uno consideraría solo enfocado a mujeres como una parte más del reflejo de una sociedad contemporánea.

  • How to fix a drug scandal, serie documental de Netflix (2020)

    How to fix a drug scandal, serie documental de Netflix (2020)

    El 18 de enero de 2013, en el laboratorio de Amherst, una trabajadora descubrió que en una de las partidas había muestras sin analizar. Estamos en Massachusetts, en uno de los principales laboratorios al servicio del gobierno donde se analizan las pruebas recabadas en arrestos, escenas del crimen y similares. El número de análisis que realizan es ingente, llegando a testear miles de evidencias al año. La cadena de custodia no puede saltarse, y es fundamental asegurar en todo momento que no se rompa. Las muestras deben estar bien identificadas y localizadas, por lo que la ausencia de alguna de ellas es una falta muy grave.

    Lo que nadie esperaba descubrir es que Sonja Farak tuviese las bolsas de esas pruebas en su mesa de trabajo. Abiertas, pero sin señales de haber seguido en ellas el protocolo marcado. ¿Qué estaba pasando exactamente? ¿Estamos ante una negligencia puntual o ante algo más serio?

    Dos químicas: Sonja Farak y Annie Dookhan

    Este es el arranque de How to fix a drug scandal, una serie de no ficción de cuatro capítulos que se ha estrenado en Netflix este pasado abril. En ella se nos presentan dos casos separados por tan solo seis meses en los que descubriremos los escándalos de dos químicas del estado de Massachuttets. Dos profesionales, ambas trabajando para el gobierno analizando drogas, y con casos en apariencia muy dispares. Tendremos que esperar hasta el final del último episodio para comprender por fin qué conecta ambas investigaciones y por qué son presentadas juntas aquí.

    Fotografías de Sonja Farak y Annie Dookhan, dos químicas sobre las que versa la serie de no ficción 'How to fix a drug scandal'.
    Sonja Farak y Annie Dookhan

    En la mayoría de las reseñas que he visto de esta serie se cuenta bastante más de lo ocurrido de lo que os adelanto yo. Os recomiendo que si os gustan los true crime y os fiais de mi criterio no busquéis más información al respecto. Recuerdo la sensación inicial de no tener del todo claro qué había hecho Sonja Farak con las pruebas. ¿Había consumido parte del contenido? ¿Lo utilizaba para consumo propio? ¿Estaba sustituyendo las drogas de las evidencias por otro tipo de sustancias? ¿Las vendía? Montones de preguntas me surgieron al instante, y no saber lo que estaba pasando ha servido para que el juego funcione.

    Mecanismos de Erin Lee Carr

    Los recursos utilizados por la directora Erin Lee Carr en How to fix a drug scandal sirven para cuestionar lo que nuestra mente nos sugiere. La madre y la hermana de Sonja aparecen al principio del documental hablando de ella, contándonos qué clase de persona es y la infancia que tuvo. Ese lavado de cara inicial resulta perfecto para confundir al espectador y que dude acerca de sus primeras impresiones. Tal vez no nos habíamos cuestionado si alguien había tratado de incriminar a Sonja, pero cabe esa posibilidad. Gracias a todos estos mecanismos tan bien empleados insisto en la importancia de entrar en la historia lo más a ciegas posible.

    Así como los dos primeros capítulos son de transcurso más sosegado, en los dos últimos todo comienza a esclarecerse y comprendes por fin qué ha pasado. Lee Carr dosifica la información para que no perdamos el interés por saber más. Es cierto que quizá ralentice en exceso esas dosis al comienzo, pero las historias de Sonja Farak y de Annie Dookhan son tan impactantes que merece la pena esperar.

  • Los misterios de East Lynne, de Ellen Wood (1860)

    Los misterios de East Lynne, de Ellen Wood (1860)

    Resulta muy complicado hablar del argumento de una novela de las dimensiones de Los misterios de East Lynne. Y no me refiero tan solo a su número de páginas. Estamos ante una de las tres obras consideradas como iniciadoras del género sensation novel —junto con La mujer de blanco de Collins y El secreto de Lady Audley de Braddon—. En ellas se escarbaba en la hipocresía de las clases acomodadas, un estrato en el que la apariencia lo era todo. Pero a nada que mirabas un poquito más allá podías ver hasta que punto estaban corruptas. Y no cumplían ni uno de los valores que defendían. Sentaron las bases para que dejase de tacharse a alguien como honrado por el simple hecho de pertenecer a una clase adinerada.

    En Los misterios de East Lynne nos encontramos con el abogado Archibald Carlyle, un caballero de buena posición que se enamora perdidamente de lady Isabel Vane. Ella, no obstante, está enamorada de Francis Levison, un hombre de reputación dudosa. Debido a una serie de circunstancias en la vida de Isabel verá el matrimonio con Carlyle como una posible escapatoria a su existencia, y estos cimientos inestables serán los que nos van a dar el tono de la historia.

    ¿Novela de género o no?

    Más de uno se preguntará frente este planteamiento ¿estamos en realidad ante una novela de misterio? Sí y no. Es cierto que gran parte de la intriga que la escritora consigue generar en el lector vendrá de la mano de los devenires en la vida de lady Isabel Vane. Pero sí que hay una subtrama secundaria en la que el hermano de Barbara Hare, una amiga de la infancia y vecina de Archibald Carlyle, parece haber sido acusado de manera injusta por un crimen que no está del todo claro quién ha cometido. Y las últimas páginas se centran en ello especialmente.

    Estudiosos como Kate Watson en su ensayo Women Writing Crime Fiction, 1860-1880 afirman que la figura de Barbara Hare funciona al modo de casi una investigadora, ya que no ceja en su empeño de probar la inocencia de su hermano durante toda la novela. Parece ser un personaje que anticipa a Johnny Ludlow, el protagonista de varias historias posteriores de Ellen Wood en las que ejercía de pseudo-detective.

    Imagen de la escritora Ellen Wood en blanco y negro, vestida a la moda de la época.
    Ellen Wood

    El estilo de Wood en Los misterios de East Lynne logra que te enganches al relato a las pocas páginas del comienzo. Reconozco que a pesar de cuánto me la habían recomendado, al empezar la lectura me vi frente un drama victoriano que no tenía del todo claro si me iba a interesar. Pero la maestría a la hora de construir personajes de Ellen Wood es brillante. Y no importa cuántos errores comentan algunos de sus protagonistas: ella consigue que empatices de tal modo que te enamoras de ellos. Lady Isabel Vane es, por derecho propio, una de las protagonistas mejor construidas y más complejas de la historia de la literatura.

    Mrs. Henry Wood vs Ellen Wood

    Los misterios de East Lynne se publicó por entregas desde enero de 1860 hasta septiembre de 1861 en New Montly Magazine. La autora decidió en esta ocasión firmar su obra como Mrs. Henry Wood, una elección que no fue casual. La novela fue rechazada por varios editores debido a su controvertido contenido (en ella encontramos temas como el adulterio, el divorcio, los hijos ilegítimos y una larga serie de pecados escandalosos para la época). Hasta el momento, Wood había publicado diversas historias en algunas revistas y tan solo un libro más, todas ellas bajo pseudónimo. Será la primera vez que vincule su apellido a una obra suya, pero con el nombre de su marido delante, para apaciguar en cierto modo los ideales de género victorianos: si ya era escandaloso que se hablase de esos asuntos, imaginad si encima lo hacía una mujer.

    Con su libro, Wood pone en tela de juicio aspectos como el patriarcado y sus normas, y la posición de la esposa en la sociedad del momento. Se analiza muy a fondo un elemento que podríamos denominar como la ‘mujer criminal’, pero desde un punto de vista social. Esa mujer que no sigue las pautas establecidas por la comunidad, que rompe con lo establecido. Sin embargo, no olvidemos que estamos en 1860. A pesar de denunciar todos estos asuntos, la autora castiga una y otra vez a los personajes que no cumplen las reglas a través de un destino plagado de sinsabores. No puede ser que una mujer se salga tanto del camino marcado y que además el resultado de su hazaña sea satisfactorio. Es un producto de su época y bastante avanzado lo es ya.

    Título: Los misterios de East Lynne (East Lynne).
    Autora: Ellen Wood.
    Traductor: Joan Eloi Roca.
    Editorial: Ático de los Libros (2019).
    Año de publicación: 1860.
    ISBN: 9788416222995
    Número de páginas: 688.
    Precio: 32,50€.
    Ficha del libro en la web de la editorial: http://aticodeloslibros.com/index.php?id_product=161&controller=product
  • La ciudad perdida, de Margarita Alexandre (1955)

    La ciudad perdida, de Margarita Alexandre (1955)

    Hasta la fecha, La ciudad perdida está considerada como la primera película de cine negro dirigida por una mujer en España, por la cineasta y productora Margarita Alexandre. Alexandre nació en León, pero casi de casualidad. Vivían en Madrid, pero su madre visitaba a su padre en León en verano. Por ello, el 3 de julio de 1923 nació aquí.

    En 1941, en Madrid, consiguió su primer trabajo como actriz casi por casualidad gracias a sus rasgos exóticos, ya que por sus venas corría la sangre francesa de su padre. Era rubia y muy alta, algo que chocaba con el prototipo de mujer española de la época. Por todo ello, no tardaron en surgirle más papeles. Sin embargo, ella lo que quería era ponerse al otro lado de la cámara. Conocer y mirar el cine desde el objetivo. En aquel momento el aprendizaje pasaba por trabajar como script o como ayudante de dirección. Rafael María Torrecilla —su marido— fue fundamental en este proceso, que iniciaron juntos. Su nexo como pareja era atípico para aquel momento ya que eran compañeros y mantenían una relación de igual a igual (recordad que estamos en los años 40 en España, en plena dictadura).

    Fundaron la productora Nervión Films y produjeron Cristo en 1953, una cinta con una intención profundamente artística, casi un documental de arte. Tras esta cinta, se embarcaron en La ciudad perdida, una coproducción con Italia que les trajo más de un dolor de cabeza.

    Imagen de La ciudad perdida con Cosetta Greco y Fausto Tozzi como María y Rafael.
    Cosetta Greco como María y Fausto Tozzi como Rafael

    La historia está basada en la novela homónima de la falangista Mercedes Fórmica. Es el relato de un hombre, se sobreentiende que exiliado, que viene a España con un grupo en apariencia terrorista (la versión italiana se tituló Terroristi a Madrid). Así la describe la propia Alexandre:

    «La película comienza con una escena nocturna en un coche. La policía le cierra el paso porque, se supone, ha habido un soplo, y se produce un tiroteo. Solo uno de ellos, el protagonista, consigue escapar. Tiene orden de huir, de regresar si se da algún inconveniente. Pero a él le tira su ciudad, a la que no ha vuelto a ver. En la carrera pierde la cartera y solo le queda la pistola. Sabe que le buscan, no tiene dinero y no sabe qué hacer pero, al deambular, va recordando su vida, su padre… «

    «El cuerpo y la voz de Margarita Alexandre» de Sonia García López, página 37.

    Poco después entra en escena María, una mujer adinerada que camina por el Retiro camino de un cóctel, y que Rafael decide secuestrar para buscar una salida a su situación. No obstante, ella no lleva dinero encima —para esas cosas están sus criados— y comienza un recorrido por la noche de Madrid tratando de encontrar una salida.

    Los primeros informes de la censura ya pusieron objeciones de tipo moral. Alexandre estaba preocupada más por el contenido político, pero los censores pusieron el foco a la relación de amistad que se va forjando a lo largo de la historia entre María y Rafael. No podía ser que una señora de bien simpatizase con alguien así. Cerca del final, mientras ambos se refugian del frío en un vagón abandonado de tren, establecen una conversación y una intimidad intolerable para la censura. Tanto, que les obligaron a doblar de nuevo esta secuencia con un diálogo dado por los propios censores (la cinta se había rodado en italiano por lo que tan solo debían sustituir un doblaje por otro).

    Imagen de La ciudad perdida con las sombras de los personajes de María y Rafael en las calles nocturnas de Madrid.
    María y Rafael caminando por la noche de Madrid, con las típicas sombras características del cine negro.

    La batalla burocrática por determinadas escenas fue tan encarnizada que el estreno se retrasó un año. Les obligaron a rodar planos con los criados —que no tenían ningún valor para lo que ellos querían narrar— para dejar claro que María era toda una señora, con servicio, coche y chófer. El resultado, como podéis imaginar, poco tuvo que ver con lo que Alexandre tenía en mente:

    En fin, la película salió hecha una porquería, todo aquello fue un zafarrancho. Pero había que estrenar.
    Mis recuerdos están frescos y recuerdo muchas cosas. A los censores casi no les faltaba más que comer hierba. No entendían nada.

    «El cuerpo y la voz de Margarita Alexandre» de Sonia García López, página 40.

    Si veis La ciudad perdida sin saber ninguno de estos datos os parecerá una cinta bastante floja que no sabe bien dónde tiene el norte. La parte inicial tiene muy poco diálogo, y a pesar del poder de las imágenes no te queda muy claro qué está pasando y qué te están contando. Por desgracia, el material es el que es, y conocer todos estos datos solo sirve para comprender que lo que vemos en pantalla no es lo que querían mostrarnos. Pero ayuda a poner en valor otro tipo de elementos: las sombras sobre las calles cuando Rafael y María caminan de noche, imágenes con Rafael en primerísimo plano cansado y María al fondo angustiada, los silencios y las miradas, el uso de la ciudad como un personaje más.

    A pesar de que Alexandre buscaba crear una historia política le salió algo con una estética muy noir. Lástima que por culpa de la censura no podamos apreciarla como a sus creadores les habría gustado. Pero al menos podemos valorarla dentro de un contexto político y social en el que el único cine negro que se veía en este país era importado o manipulado para ejercer como propaganda de las fuerzas del orden nacionales.

    Si a pesar de los contras que os he comentado seguís teniendo interés en verla, la tenéis disponible en FlixOlé, que nos regala un mes de prueba con el código «YOMEQUEDO».

  • Galveston, de Mélanie Laurent (2018)

    Galveston, de Mélanie Laurent (2018)

    A Roy le han tendido una trampa. Debe visitar junto con su compañero Angelo a Frank Sienkiewicz para explicarle algunas cosas. Como siempre, es todo un encargo de su jefe Stan, y este especifica bien claro que no quiere armas porque no le apetece que nadie resulte herido. Busca que le den un toque de atención a Frank, nada más. A Roy le huele mal, y esconde un arma en su bota. Al final la visita termina en una sangría de la que se libra por los pelos. Tan solo sobrevive una prostituta a la que no le queda más remedio que llevarse consigo porque ha visto todo lo que ha sucedido. A partir de este punto, Roy y Rocky iniciarán un viaje de huida a ninguna parte que terminará en Galveston, al que se unirá la hermana pequeña de Rocky de apenas tres años de edad.

    Las adaptaciones a la gran pantalla siempre resultan peligrosas por el conflicto que surge del cambio de soporte y de técnicas narrativas. Sin embargo, el guionista en esta ocasión es el mismo que el autor del libro (bajo el pseudónimo de Jim Hammett) y eso debería jugar en favor de la cinta. Son muchos los que afirman que no es el caso, que la opera prima de Mélanie Laurent (conocida por su papel de propietaria de un cine francés en Malditos Bastardos) se queda a medio gas. Y aunque es cierto que no es redonda, creo que merece la pena pararse a comentarla.

    Elle Fanning en uno de los fotogramas de Galveston
    Imagen de Galveston

    Pizzolato vs Laurent

    Todos recordamos a Pizzolatto por los diálogos de la primera temporada de True Detective, algo por lo que brillaba también su primera novela. No obstante, Laurent aprovecha el formato visual para dar mucho más valor a los silencios y las miradas. Roy y Rocky son compañeros de viaje forzados. No se conocen, y ni siquiera se caen del todo bien. Roy acaba de descubrir que se está muriendo y no está para tonterías de crías. Sin embargo, Rocky consigue romper su coraza a través de su valentía y su dulzura.

    Tanto Ben Foster como Elle Fanning llenan la pantalla con su presencia. Funcionan muy bien juntos, y el espectador comprende que lo que existe entre ellos tan solo es gratitud, cariño y amistad. Tan solo se tienen el uno al otro, y ese vínculo se vuelve tan poderoso que según avanza la historia los tres se convierten en una especie de rara familia desestructurada.


    Mélanie Laurent y Elle Fanning

    Aunque es cierto que a la cinta le falta una vuelta para ser redonda, visualmente refleja la riqueza descriptiva del libro, y el colorido mostrado a través de los paisajes resulta espectacular. Hay varias imágenes que se graban en nuestra retina, y la ubicación de la cámara es fundamental para conseguirlo. Ahí es donde Laurent explota todo su potencial y nos pone sobre aviso de que debemos seguirle el rastro.

    Lo mejor de Galveston: la actuación de Elle Fanning, en especial en ese momento en que desnuda su alma en la habitación de un motel. Lo peor: quizás podría ser el desenlace, que a pesar de respetar al de la novela, le falta fuerza para cerrar la historia como se merece. En cualquier caso, creo que es una película más que recomendable. Tal vez no cubra las expectativas de algunos, pero es un magnífico ejercicio narrativo.

  • Señoras del (h)AMPA (2019), serie de amazon prime

    Señoras del (h)AMPA (2019), serie de amazon prime

    Mayte Soldevilla (Toni Acosta) es madre de dos hijos, separada, y con problemas para llegar a fin de mes. Trabaja de puerta en puerta intentando vender la última revolución en robots de cocina: El Turbothunder 3000. Para colmo de males, su compañera Elvira Navarro (Marta Belenguer) será top ventas una y otra vez anulando las posibilidades de Mayte de prosperar en la empresa. Sus hijos asisten al mismo colegio, por lo que deben verse las caras en el AMPA cada dos por tres. En una acción desesperada por tratar de no perder su trabajo, Mayte ofrece a sus compañeras del AMPA hacerles una demostración del robot, y se reúnen todas en casa de Amparo (Mamen García). En plena presentación, Elvira aparece por sorpresa y por un fallo de la Turbothunder Amparo acaba muerta. A grandes rasgos, este sería el punto de partida de Señoras del (h)AMPA, la maravillosa serie creada, dirigida y guionizada por Abril Zamora y Carlos del Hoyo. Pero en los trece capítulos de 70 minutos cada uno pasa más, muchísimo más.

    Nuria Herrero, los creadores Carlos del Hoyo y Abril Zamora, y Malena Alterio, posando en actitud de sorpresa o miedo.
    Nuria Herrero, los creadores Carlos del Hoyo y Abril Zamora, y Malena Alterio

    Mujeres de carne y hueso.

    Es habitual que en las ficciones que encontramos en cualquier plataforma los y las protagonistas suelen ser seres excepcionales. O tienen unas vidas atormentadas, o son superheroínas con poderes, o abogadas con un ropero que ni Carrie Bradshaw… Es normal: para ver una historia en la que la protagonista es igual de aburrida que yo, mejor me veo otra cosa. Sin embargo, Zamora y del Hoyo han creado una trama principal y decenas de tramas secundarias en torno a cuatro mujeres convencionales.

    Mayte es una mujer corriente. Es cierto que posee una belleza natural que destaca, pero no cocina bien, no es la madre del mes, tiene una hija que la insulta y un hijo que acosa a sus compañeros. Su ex, un hombre muy atractivo y gran padre, tiene otra pareja y están a punto de casarse. No tiene un gran trabajo y nada parece salirle bien en la vida. Eso sí, es una bellísima persona, algo que servirá para que el espectador se enamore de ella.

    Lo mismo ocurre con Lourdes (Malena Alterio), una madre de una niña adoptada china que no ha podido tener hijos de otra forma, funcionaria y casada con un policía. O con Virginia (Nuria Herrero), embarazada de su segundo hijo, con un empleo precario en un supermercado con un jefe que la acosa. O Amparo (Mamen García), una mujer cuyo marido lleva tiempo en coma, y que ejerce de abuela a tiempo completo mientras su hija trata de ganarse la vida de la peor manera posible.

    Toni Acosta, Nuria Herrero, Malena Alterio y Mamen García sentadas dentro de una furgoneta y llenas de tierra y sangre.
    Toni Acosta, Nuria Herrero, Malena Alterio y Mamen García

    Risas y lágrimas.

    En Señoras del (h)AMPA se camina sobre la cuerda floja en cuanto al humor se refiere. Se permiten hacer bromas con la mala malísima que va en silla de ruedas, con una joven con síndrome de Down, con la mafia, con los desahucios y sobre todo con la muerte. Combinan todo ello a la perfección con momentos de una emotividad desbordante que te ponen los pies en el suelo sobre el tipo de historia que quieren contarte en realidad. Una de mis favoritas es una discusión entre Mayte (Toni Acosta) y su ex marido Gregorio (Fernando Coronado) en uno de los baños del colegio, después de que otro padre llamase a Mayte mala madre:

    «— Este hombre tiene razón, yo soy una madre horrible. Lo soy.

    — Venga, no digas tonterías. Eso no es verdad.

    — Yo intento hacerlo todo bien, Gregorio. Te lo juro. Lo intento, lo intento, lo intento. Pero es que es mucho, y a veces siento que no llego, y como que me ahogo y me ahogo, de verdad. Y luego está lo otro, como si no tuviera bastante me cae lo otro.

    — ¿Lo otro? Mayte, si te ha pasado algo a mí me lo puedes contar.

    — No, no. Una tiene que apechugar con sus cosas. Porque todas las madres que conozco lo hacen y no se quejan. Es así como funciona. Es así.

    — Venga ya. ¿De qué madres me hablas, a ver?

    — Todas, Gregorio. Todas menos yo.

    – Te lo digo en serio, dime cuáles. ¿La de Roberto Morato, que va siempre hasta el culo de litio? ¿O la de Lucas Matilla, que le echa dos litros de whisky todos los días al café? Hoy he tenido que sacarla a rastras del bar. Oye, somos un equipo. Si le pasa algo a los chicos yo tengo que saberlo. Quiero ayudar.

    — Todo esto, ser madre, es tan solitario. Tú no te imaginas cuánto.

    — ¿Cómo que no? ¿Y yo qué soy?

    — No, tú eres padre. No es lo mismo.

    Mujeres del (h)AMPA, episodio 2.

    A todo esto, debemos añadir una batería de clichés dentro del género negro y policíaco. Clichés que acaban retorcidos y dados la vuelta por completo, en especial desde la perspectiva de que son ellas las que mandan en todo momento y las que tomas las riendas. Los hombres aquí ocupan un segundo plano, al igual que ha ocurrido durante décadas con las mujeres en la ficción criminal.

    Fotograma de la serie con la aparición de Lucía Etxebarría y Yola Berrocal.
    Sí, también contamos con apariciones estelares.

    Mente abierta.

    Señoras del h(AMPA) es una serie divertida y con un argumento un tanto disparatado que hay que ver con la mente abierta. Si aceptamos algunas de las ficciones que importamos y nos creemos a pies juntillas su trama, con esta bien podemos hacer el esfuerzo de entrar en el juego y creernos que las protagonistas pueden tratar de atracar un bingo o convertirse en luchadoras de lucha libre. Aunque para mi gusto hay algún que otro error de casting, es cierto que Toni Acosta, Malena Alterio, Nuria González y Gloria Muñoz se comen la pantalla, llegando a compensar al resto.

    Señoras del h(AMPA) engancha. Aprovecha el minutaje para crear tramas individuales en cada uno de los capítulos. Este mecanismo funciona a las mil maravillas, porque aunque lo que quieres es saber si al final son descubiertas o no por el crimen de Elvira, cada capítulo es una aventura que resulta autoconclusiva en sí misma. No dejéis de darle una oportunidad y de enamoraros de sus protagonistas y de sus vidas corrientes. O no tanto.

  • El vuelo del flamenco, de Alejandra López González (2017)

    El vuelo del flamenco, de Alejandra López González (2017)

    A finales de 2013 una mujer sobrevivió a 95 puñaladas en Cali, Colombia. Siete meses después, a pesar de que ella había denunciado y advertido que seguían queriendo asesinarla, fue encontrada descuartizada dentro de un saco a las orillas del río Cauca. Esta noticia real fue el desencadenante de la novela El vuelo del flamenco de Alejandra López González. La escritora y periodista caleña se obsesionó con la noticia, no solo porque alguien sea capaz de sobrevivir a ese nivel de cuchilladas, sino también porque nadie la ayudase cuando trató de buscar ayuda. Por ello, centra El vuelo del flamenco en los desaparecidos y los cuerpos desmembrados que son hallados de manera constante en el río.

    «A la muerta de Pascual Bianchi la encontraron los campesinos entre la vegetación a orillas del río. Era el cuerpo de una mujer, casi una niña. Sus asesinos la habían descuartizado, habían metido todas sus partes en un costal y la habían arrojado al agua. Antes habían llegado otros. Uno había sido asesinado con golpes de machete. Lo encontraron con un hilo de piel que sostenía la cabeza al tronco. Otro apareció metido en una bolsa plástica. Solo el tronco metido en esa bolsa, flotando en las aguas del río.»

    El vuelo del flamenco, página 52.

    Los muertos del río Cauca.

    Si hacéis una búsqueda rápida con las palabras «río Cauca descuartizados» y filtráis tan solo los resultados del último año, no daréis crédito al número de noticias que se muestran en pantalla. En las afueras de Cali es extraño no hallar al menos tres o cuatro cadáveres descuartizados al mes, en el Valle de Cauca. A partir de estos sucesos, López González construye una narración en torno a la muerte y cómo se enfrentan a ella los habitantes de la zona. En el libro, los vecinos «adoptan» a los muertos para ocuparse de ellos. Cuidan sus tumbas, las adornas y las llenan de flores, en parte por esa relación tan abierta que se tiene con la muerte, en parte porque creen que los difuntos pueden traer buena suerte a quien les cuida, como si obrasen algún tipo de milagro.

    En torno a todo este culto a los fallecidos tenemos a Pascual Bianchi y a Lucrecia Ackerman y su historia de amor. Una historia que nace al compartir infancias y recuerdos, construyendo de ese modo un retrato de Cali perfecto para aquellos que desconocemos la zona. La conclusión que se puede extraer de su relación es que el amor es capaz de superar todas las barreras, pudiendo surgir en los entornos más hostiles y en los momentos más crudos.

    La escritora y periodista Alejandra López González posando con la ciudad de Cali al fondo.
    Alejandra López González

    Violencia descarnada.

    Puede que lo más llamativo de esta obra sea la violencia que orbita a lo largo de todo el relato. No estamos ante un policial al uso, ni ante una investigación criminal. Es cierto que hay una búsqueda de ciertas identidades, un deseo de dar con un nombre y un rostro. Pero lo que mueve toda la narración es la aparición de los cadáveres desmembrados en el río y cómo se afronta eso; desde los vecinos, hasta las fuerzas policiales, pasando por el maravilloso personaje de Justo, el encargado de sepultar los restos que van emergiendo, de catalogarlos y anotar qué parte se encuentra enterrada en qué parcela del cementerio.

    Justo respeta y cuida a los difuntos, y también a los familiares cuando estos aparecen. Trata de que cada familia pueda ver a sus parientes en el estado más favorable posible, y explica con detalle a qué procesos químicos debe someter a los cuerpos para conseguirlo.

    Cementerios de agua.

    A pesar de que en la novela no se habla abiertamente de las razones de esta barbarie, no es necesario adentrarse en muchos de estos sucesos para encontrar una conexión directa con las guerras colombianas por la droga. Los ríos, lugares de unión con la naturaleza, se convierten en lugares de horror y espanto. Imaginad adentraros en un cauce para bañaros, sumergiros… y descubrir un cadáver en descomposición a los pocos metros.

    Con estas acciones no solo se liquida a un ser humano, sino a poblaciones enteras que no pueden darle uso al agua de ese río. Ni para trabajar ni para consumir. También se aniquila la esperanza para las familias de dar con su desaparecido, de darle sepultura en un lugar al que poder asistir para rendirle respeto, para que su memoria siga viva. Tal vez por ello se adopte a los muertos. Para que todos y cada uno de ellos pueda tener un final digno, aunque sea de una forma anónima.

    Título: El vuelo del flamenco.
    Autora: Alejandra López González.
    Editorial: Himpar Editores.
    Año de publicación: 2017.
    ISBN: 9789585874015.
    Número de páginas: 122.
    Ficha del libro en la web de la editorial: https://www.himpareditores.net/nuestros-libros/
  • Los enfermos, de Natalia Rozenblum (2016)

    Los enfermos, de Natalia Rozenblum (2016)

    Manuel está ingresado. Su madre pasa día y noche a su lado, en una suerte de vivienda minúscula. Un espacio privado de intimidad. Alfredo es el padre de Manuel, y acude cada poco de visita. Aprovecha esas visitas para violar a su mujer mientras esta se aferra con fuerza a las piernas de Manuel, mientras llora en silencio. Manuel está en coma, por lo que no comprende ni percibe lo que sucede a su alrededor. Y su madre, día tras día, vivirá obsesionada con que Manuel despierta y vuelve a la vida, con que mueve su mano, y que no se trata tan solo un espasmo involuntario de su cuerpo. Esto es Los enfermos, pero no solo esto.

    «Que no haga ruido.

    Que no se den cuenta.

    Que no se me doblen las rodillas.

    ¿Qué hace acá? ¿A qué vino?

    Agarro los tobillos de Manuel para no caer al piso. Para no golpearme.

    Estoy seca y el roce duele.

    Tengo ganas de hacer pis y me hago encima.

    Hija de puta, dice Alfredo con su voz grave, me measte los pantalones, la puta que te parió.

    Me lo dice al oído, mientras me pellizca la cola donde ya tengo dos moretones. En los huequitos donde le gusta apretarme con sus dedos.

    El pis chorrea por una de mis piernas y entra en mi zapato.

    Alfredo se va de la habitación cerrándose la bragueta.

    Yo, en cambio, intento no mirar a mi Manuel. Pero no puedo. Sigo con las manos en sus tobillos. Tiemblo.»

    «Los enfermos». Página 16.

    Quienes hayan pasado alguna que otra tarde cuidando a alguien en un hospital sabrán lo que esa situación conlleva. Las jornadas se parecen demasiado entre sí; la única diferencia entre los fines de semana y los días de diario es la afluencia de visitas. El tiempo parece congelarse, los minutos parecen horas, y las horas días. Más aún cuando lo que estás anhelando es una confusa sensación de esperanza, un deseo de abandonar por fin esas cuatro paredes, a veces incluso pagando el precio de abandonarlas sin ir de la mano de ese ser querido.

    Ambiente opresivo.

    Rozenblum consigue en Los enfermos reflejar esa sensación opresiva de un modo perfecto y preciso. Capítulo a capítulo iremos descubriendo qué fue lo que llevó a Manuel a encontrarse en esa situación. O al menos en parte. La autora tiene claro que para contar una historia no es necesario que el lector lo conozca todo. Que puede construir espacios repletos de niebla donde no sea imprescindible introducirse para poder leer una obra, y que todo termine teniendo sentido. Y que en caso de que no lo tenga, sea suficiente con que al lector le lleguen las emociones más que la historia.

    Para conseguirlo, se sirve de una prosa cruda y poética. Frases cortas, textos repletos de puntos y aparte. El resultado visual contrasta con el narrativo: de una limpieza espacial en las páginas a una opresión constante en lo contado. La novela se estructura en dos partes ambientadas en espacios diferentes, pero igual de asfixiantes. La historia no tiene una estructura lineal. Encontraremos saltos en el tiempo construyendo una narración casi circular, que se tropieza y se reencuentra consigo misma a cada paso. Tratando de encontrar respuestas.

    Imagen en primer plano de la escritora argentina Natalia Rozenblum.
    Natalia Rozenblum

    Reflexión sobre ser madre.

    A pesar del peso que tienen las figuras de Manuel y Alfredo en la novela, estamos ante una historia de mujeres. De madres que sufren el lastre de sus descuidos («¿Qué clase de madre deja que le pase esto a su hijo?» Página 80), de cuidadoras que no conciben alejarse ni unas solas horas de sus pacientes («Sabés que no puedo irme, no puedo dejar a Manuel solo. […] Imaginate si se despierta y no me ve a su lado.» Página 130). Madres que deben ocuparse de sus hijos, pero también de sus padres, de todos los que la rodean. Porque eso es lo que debe hacer una madre: sacrificar su vida al servicio de quienes la necesitan. Olvidar que tiene una vida propia, que debe cuidar también de sí misma. No hay tiempo, ni espacio, ni lugar.

    Los enfermos es la primera novela de Natalia Rozenblum, y es lo más parecido que podréis encontrar a una patada directa a la boca del estómago. Una de esas lecturas que te parten por la mitad, que te remueven. Un libro que recorres adelante y atrás mientras dura la lectura, y sobre el que es necesario reflexionar y meditar una vez llegas al punto final. Una de esas novelas que se te pegan a la piel, que se quedan contigo con el paso de los días. Que sufres y disfrutas a partes iguales. Pero que, en cualquier caso, no te dejará indiferente.

    *Natalia Rozenblum nació en 1984 en y es la propietaria de La vecina libros, una peculiar librería virtual que promociona a través de Instagram. Ha impartido varios talleres de escritura de los que nacieron sus libros Cuaderno de creatividad y Cuaderno de escritura, cuadernos de ejercicios que buscar servir como disparadores de nuestra creatividad.

    *Podéis encontrar Los enfermos en librerías especializadas en literatura latinoamericana y en audiolibro en Storytel.

    Título: Los enfermos.
    Autora: Natalia Rozenblum.
    Editorial: Alto Pogo.
    Año de publicación: 2016.
    ISBN: 9789874607379.
    Páginas: 244.
    Web de la editorial: https://www.altopogo.com/

  • Cassandra Darke, de Posy Simmonds (2018)

    Cassandra Darke, de Posy Simmonds (2018)

    Cassandra Darke es una marchante de arte que vive en Londres. Solitaria, gruñona y egoísta, un buen día se ve en la obligación moral de acoger a su sobrina Nicki. Esta busca abrirse camino como artista, y Cassandra permite que se aloje en el acogedor sótano que tiene bajo su piso en Chelsea. A cambio, Nicki se convertirá en su ‘chica para todo’ ocupándose de pasear a su perro o de entregar unas fotocopias donde necesite. La trama se sucede reposada, y Posy Simmonds nos muestra página a página los recovecos de sus vidas y vínculos. Una noche, Nicki se acerca al tipo equivocado y al no aceptar este un no por respuesta le da el número de teléfono de Cassandra. Lo que ninguna de ellas sospecha es que están ante alguien más peligroso de lo que podría parecer en un primer momento y que puede que sus vidas estén en serio peligro.

    Simmonds construye un personaje con ciertos aires a Mr. Scrooge. Incluso parte de la ambientación transcurre en Navidad. Cassandra Darke es una anciana cascarrabias, poco preocupada por las relaciones sociales, y con un aspecto que resulta un tanto andrógino: gorro calado hasta las orejas, abrigo grueso, gafas que ocultan su rostro. No se preocupa por el prójimo, y cree firmemente que tan solo se merece algo quien se esfuerza por ello. No es partidaria ni de la bondad ni de la caridad, y suele ayudar tan solo a aquellos de los que intuye que podría obtener algo a cambio.

    Imagen de las páginas interiores de la novela gráfica "Cassandra Darke"
    Páginas de Cassandra Darke (imagen de Salamandra Graphic en Twitter)

    Concepto de novela gráfica.

    Cassandra Drake es lo más parecido que he visto nunca a lo que mi mente entiende por novela gráfica. Una mezcla en cada página de texto dentro y fuera de las viñetas, e imagen. Un equilibrio perfecto entre narración textual y visual. La tonalidad cromática se adecua al contenido de las ilustraciones, transmitiendo no solo a través del dibujo sino también a través del color.

    Creo que el motivo por el que me gustan tanto este tipo de cómics es por su capacidad de síntesis. Es cierto que el apoyo visual juega a su favor y que puede mostrar más en una sola hoja de lo que una novela es capaz de narrar en varios párrafos. Pero para que funcione es necesario que el guionista y el dibujante, que en este caso confluyen en una única persona, consigan simplificar al máximo posible lo que buscan contar. Manejar el uso de los planos generales y los primeros planos, la expresividad de los rostros en las viñetas, el tempo narrativo a la hora de relatar una acción en un espacio limitado del papel.

    Fotografía de Posy Simmonds en su estudio de trabajo, junto a una lupa y sus pinceles y pinturas al fondo.
    Posy Simmonds

    Aspectos más destacables.

    Donde Simmonds destaca por encima de todo es en la expresividad de los pequeños detalles. Un sobre en el suelo mientras Cassandra lee una carta devastadora, la posición de sus manos sosteniendo su cara cuando reflexiona, el color amarillo de la luz artificial de los escaparates, las rodadas de los coches sobre la nieve, los detalles y los libros del despacho desde donde escribe, el tono sombrío de todo el libro que consigue teñir de un aire de oscuridad a toda la historia. Cassandra Drake es uno de esos libros para leer casi del tirón para disfrutar de la historia, y para releer con mimo y atención deteniéndonos en el trabajo de orfebrería de cada lámina.

    Tengo pendiente de leer el afamado cómic Tamara Drewe, y no creo que tarde en hacerlo después de haber descubierto a esta extraordinaria ilustradora.

    Título: Cassandra Darke.
    Autora: Posy Simmonds (dibujante y guionista)
    Traductora: Regina López Muñoz.
    Editorial: Salamandra Graphic (2020).
    Año de publicación: 2018.
    ISBN: 9788416131525
    Número de páginas: 96.
    Precio: 21€
    Ficha en la web de la editorial: https://www.megustaleer.com/libros/cassandra-darke/MES-114939