Un hombre bajo la Luna, de Helen McCloy. #BasilWilling2 (1940)

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Una novela universitaria.

El inspector Patrick Foyle está leyendo el boletín que le había entregado el rector, sentado en un banco de la Universidad de Yorkville. El césped se extendía hasta el margen del río, el cielo estaba tranquilo y en calma. Su pipa tira a la perfección. Un panorama idílico que le hace pensar que puede ser un buen lugar para que su hijo estudie.

Sin embargo, una hoja de papel llama su atención y se detiene a leerla:

«Tengo el agrado de informarle que ha sido elegido asesino del grupo número uno. Por favor, siga las instrucciones al pie de la letra.

Entrará en Southerland Hall por la puerta del oeste en el momento en que el reloj de la biblioteca dé las ocho de la noche del sábado 4 de mayo. Debe salir del edificio a las nueve menos cuarto. De este modo tendrá tiempo para el asesinato.

Hará el menor ruido posible y se cuidará de no encender ninguna luz para no llamar la atención del sereno. Si no sale del edificio a las nueve menos cuarto, se encontrará en una situación difícil y extraña.

Un hombre bajo la Luna, pág. 5.

Acto seguido, Foyle se cruza con Franz Konradi, una de las grandes autoridades sobre factores químicos del cáncer. Un hombre que ha conseguido escapar del campo de concentración de Dachau, y que justo a la hora que se indica en la nota que el inspector encuentra, será hallado muerto. Todo apunta que ha sido un suicido (la pólvora en su mano, la trayectoria del disparo) pero da la casualidad que, debido a que sospechaba que trataban de asesinarle, en su encontronazo con Foyle le juró que si hallaban su cadáver no sería debido a un crimen cometido por iniciativa propia.

Campo de Dachau

Ámbito académico.

Un hombre bajo la Luna es una obra de ámbito académico. No solo porque la acción se desarrolle en un campus universitario, y algunos de los principales sospechosos sean profesores, sino también por el tono de la novela. La meticulosidad con la que se desgranan determinados asuntos científicos, como metalurgia, espionaje industrial o ensayos académicos resulta fascinante.

Obviamente, no puedo corroborar que todo lo expuesto tiene una base científica fiable, pero lo que sí me permito asegurar es que la verosimilitud está lograda por completo. La exposición de las teorías o los debates entre los diferentes implicados resultan ágiles y de fácil comprensión al lector profano en estos temas. De nuevo, Helen McCloy demuestra su maestría a la hora de elaborar personajes complejos y con carisma propio. Los diálogos ayudan a ello, y no duda en entretenerse en una conversación detallada si la trama lo requiere. A pesar de ser una novela bastante breve, no tiene prisa: desarrolla en profundidad todo aquello que cree imprescindible para la historia, y lo hace de un modo magistral.

¿Aspectos obsoletos?

Sé que muchos lectores contemporáneos encontrarán aspectos que les hagan pensar que en algunos puntos está obsoleta. Como en La fiesta de la muerte, la presencia de determinadas teorías del psicoanálisis, del sonambulismo o de la epilepsia pueden parecer antiguas y cubiertas por una buena capa de polvo.

Sin embargo, yo lo veo como una maravillosa oportunidad de profundizar en la realidad del momento. Al igual que aquellas novelas en las que lo sobrenatural cobra una importancia que igual hoy en día no se le daría, conocer la medicina psiquiátrica de la época a través de McCloy me está resultando fascinante.

Nueva York en los años 40.

Gisela von Hohenems

Aquí hace aparición por vez primera Gisela von Hohenems, una secundaria que tendrá una importancia vital en la serie de Basil Willing. Así que no me resisto a compartir la descripción que se hace de ella:

«Bajo la luz artificial, su piel tenía el color de una perla. Basil había visto esa tonalidad otras veces…, en los rostros de sus pacientes anémicos. La joven parecía contar veintiséis a veintisiete años de edad…; debió ser una niñita de cuatro o cinco meses cuando la Primera Guerra Mundial. Basil había oído hablar sobre la gran cantidad de niños austríacos que enfermaron de anemia durante el bloqueo de Viena.

La muchacha no usaba sombrero. Se había colocado un abrigo de corte deportivo sobre los hombros. Su vestido era de seda blanco, que, después de ceñir su busto y cintura, caía en pliegues suaves hasta los pies. Era la clase de vestido que las mujeres se colocan para cenar en la casa, pero no para una excursión nocturna por senderos poco frecuentados. El borde presentaba manchas de hierba y los tacones de los zapatos estaban sucios de barro.»

Un hombre bajo la Luna, pa.g 40.
Refugiados judíos en Fort Ontario, Nueva York 1944

Ambientación histórica.

Uno de los puntos fuertes para mí ha sido descubrir cómo se hablaba sobre el nazismo y los campos de concentración desde la ficción ya en 1940. Las represiones a los judíos, la emigración de alemanes y austríacos a Estados Unidos, las sospechas de todos contra todos tras esa huída. Existen indicios de que uno de los personajes no sea quien dice ser, que está suplantando la identidad de otra persona. Las argumentaciones arrojadas en este punto acerca de los motivos que podrían llevar a alguien a hacerlo y las teorías sobre espionaje y contraespionaje, son absolutamente fascinantes.

En definitiva, una segunda entrega de la serie que no llega a la calidad de la primera, pero que es más que decente. Con una trama compleja, una disección de los personajes exquisita y una contextualización histórica apasionante.

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